Cercar o acercar

Descargar versión PDF

Recuerdo un viaje al norte de Chile con la intención de conocer la vida social y las oportunidades de mejora en sus comunidades. Sin embargo, lo que encontré fue una lección mucho más profunda: la calle como escenario vital.

En lugares como Pozo Almonte, La Tirana, Matilla y Pica, comprendí que el espacio público no es solo una vía de tránsito o una infraestructura funcional, sino un territorio de identidad y pertenencia.

Allí, las presentaciones escolares, las reuniones vecinales, las festividades y las asambleas no se esconden entre muros ni se restringen a recintos cerrados: suceden en la calle, bajo el cielo abierto, en diálogo con la tierra, el paisaje y los habitantes. Esa elección no es casual ni práctica: es una decisión política y cultural, una manera de habitar que reivindica la proximidad y la colectividad.

A diferencia de las ciudades más urbanizadas —donde buscamos seguridad tras rejas y muros, y donde las calles se han convertido en divisiones entre manzanas—, en estos pueblos el espacio público conserva su sentido originario: un lugar de encuentro, de expresión y de pertenencia colectiva. En ellos, la calle sigue siendo camino y comunidad, no solo circulación y frontera.

Bajo la idea de construir modernidad, nuestras ciudades se han expandido hacia la fragmentación y la pérdida del caminar como experiencia social y simbólica. Hoy, la calle se concibe principalmente como un soporte vehicular y de personas sin rostro, despojada de su identidad comunitaria y de su capacidad de encuentro.

Este artículo propone repensar qué es una calle, su riqueza cultural y su papel en la vida colectiva, para abrir una conversación sobre cómo recuperarla como espacio de encuentro, convivencia y transformación comunitaria.

1. Del sendero a la calzada

La calzada conecta distancias, pero divide cercanías.

Nuestras calles fueron alguna vez senderos: trazos espontáneos del habitar. Eran huellas vivas, nacidas del paso repetido y del sentido compartido. Con el tiempo, sin embargo, les fuimos quitando su fecundidad: los convertimos en superficies duras, lineales e inertes, despojadas de la vitalidad humana que las originó.

El sendero (lo caminable) y la calzada (lo vehicular) representan dos modelos opuestos que se enfrentan en un mismo lugar, la calle:

  • El sendero es experiencia, proximidad y pertenencia.
  • La calzada es flujo, separación y control.

Mientras el sendero invita al cuerpo a habitar el territorio, la calzada expulsa al cuerpo del espacio, lo subordina a la velocidad.

 “La calle moderna ha dejado de ser lugar de encuentro; es ahora un conducto.” — Henri Lefebvre, La producción del espacio.

La manera en que se construyen las calles obedece a una lógica de eficiencia y control que prioriza el flujo vehicular por encima de la experiencia del peatón. Bajo esta mirada, la calle deja de ser un espacio de encuentro para convertirse en un canal de circulación continua.

Sus características materiales y funcionales evidencian esta lógica:

  • Escala mecánica: el ancho, la resistencia y la curvatura se diseñan para máquinas, no para cuerpos.
  • Superficie dura y uniforme: el asfalto elimina la diversidad sensorial del suelo y su relación con el entorno natural.
  • Separación funcional: peatones, ciclistas y vehículos son confinados en franjas jerárquicas que limitan la interacción.
  • Estandarización técnica: las normas de tránsito reemplazan la espontaneidad del movimiento humano. 
  • Prioridad del flujo rápido sobre la experiencia humana: la velocidad se impone como valor dominante, desplazando el tiempo de mirar, conversar o detenerse.

En este contexto, la niñez lo percibe con claridad: sus dibujos suelen mostrar las calles como franjas que dividen entornos de color. El camino se convierte en frontera, no en vínculo. Cruzarla es, para muchas personas mayores, un acto adverso y riesgoso.  

2. La evolución del caminar en Santiago

Según las Encuestas Origen-Destino de SECTRA y CEDEUS (1991–2024), la participación del viaje a pie en Santiago cayó del 41 % al 30,4 %, mientras el uso del automóvil particular aumentó del 18,5 % al 31,7 %.


Fuentes: SECTRA – Encuestas Origen-Destino de Santiago SECTRA y CEDEUS – 1991, 2001, 2012 y 2024.

Este cruce de tendencias revela un cambio estructural en la forma de habitar y desplazarnos. No se trata solo de una preferencia individual, sino de una transformación del modelo urbano: la expansión extensiva, la segregación residencial y la concentración de servicios en ejes motorizados aumentaron las distancias cotidianas.

Desde el enfoque del urbanismo humano (Gehl, 2010) y la movilidad sostenible (Speck, 2012), este modelo tiene costos profundos: pérdida de vida pública, aumento de emisiones, ruido, estrés y desigualdad territorial.

Implicancias urbanas

  • Reducción de la vida barrial: menos peatones significan menos vínculos, menos vigilancia natural (eyes on the street, Jacobs, 1961) y menos comercio local.
  • Impacto ambiental: más autos, más emisiones y más calor urbano.
  • Desigualdad en la movilidad: mujeres, personas mayores y barrios periféricos enfrentan mayores dificultades de desplazamiento.

Recuperar el caminar es mucho más que un tema de transporte: es una cuestión de salud, cohesión social y derecho al espacio público.

3. Hacia la calzada viva: 3 claves para acercar

Al concluir este recorrido, quisiera proponer tres características esenciales para reconstruir una calle verdaderamente habitable: conectiva, habitable y significativa. Estas dimensiones no se excluyen entre sí; al contrario, se entrelazan en la experiencia cotidiana del habitar urbano.

3.1 Conectiva: la calle que acerca lugares y decisiones

Todo sendero surge de la repetición de un desplazamiento: es la huella que deja el tránsito constante entre dos puntos. Pero esa conexión no es neutra ni uniforme; responde a criterios de elección personales y colectivos.

Cada persona configura su propio mapa de trayectos preferidos. Una mujer que camina hacia el metro puede elegir una ruta más iluminada o con mayor presencia de personas por razones de seguridad. Una persona mayor prefiere veredas regulares y sin desniveles; un grupo de jóvenes optará por el camino más directo o más animado. En la noche, la percepción del entorno cambia, y con ello cambia también la ruta.

Objetivo: favorecer la conectividad humana y sensorial del espacio público, garantizando accesibilidad, continuidad y orientación.

Criterios prácticos

  • Superficie caminable continua y accesible: veredas amplias, niveladas y con rebajes adecuados en los cruces, priorizando la movilidad universal.
  • Orientación clara y señalética legible: nombres de calles, señaléticas peatonales y referencias visuales que faciliten el camino a destinos.
  • Mantenimiento permanente: evitar el deterioro del pavimento, la acumulación de basura o el bloqueo de pasos peatonales.
  • Iluminación adecuada: niveles de luz que garanticen seguridad y visibilidad, tanto de día como de noche.
  • Entorno verde y microclimático: árboles, jardineras o césped que proporcionen sombra, humedad y confort ambiental durante el trayecto.
  • Cruces seguros: pasos peatonales visibles, reducción de velocidades y señalización que priorice al peatón sobre el vehículo.

Una calle conectiva no solo une puntos del territorio, sino que facilita encuentros y elecciones seguras para todos los cuerpos que la transitan.

3.2 Habitable: la calle como espacio humano

La segunda característica se refiere a la habitabilidad: la capacidad de la calle para acoger la experiencia humana.

Más allá de su función de tránsito, la calle debe permitir estar, no solo pasar. Es el lugar donde se conversa, se juega, se compra, se espera o simplemente se contempla el transcurso de la vida. Allí surge la confianza entre vecinos, fruto de la repetición de gestos cotidianos y miradas compartidas.

Una calle habitable es caminable: tiene superficies adecuadas, sin obstáculos ni riesgos de caída. Pero también es socialmente activa: aloja ferias libres, pequeños comercios, transporte público, oficios informales y múltiples formas de expresión.

Objetivo: recuperar la calle como espacio de convivencia, descanso y salud urbana.

Criterios prácticos

  • Presencia de personas: diseño agradable, mobiliario y usos mixtos que incentiven la permanencia y el diálogo.
  • Espacios de pausa: bancas, umbrales, graderías o rincones que inviten al descanso y la contemplación.
  • Ritmos lentos: favorecer la caminata, el juego y el comercio local.
  • Actividades integradas: promover, cafés, talleres o actividades culturales que doten al entorno de riqueza cotidiana.
  • Ambiente saludable: control del ruido y la contaminación, incorporación de vegetación, acceso al sol y ventilación natural.
  • Deporte y bienestar: incorporar ciclovías, circuitos peatonales y mobiliario para actividad física ligera.

Una calle habitable devuelve la escala humana a la ciudad: invita a detenerse, a mirar y a convivir.

3.3 Significativa: la calle como espacio de memoria y pertenencia

Finalmente, una calle verdaderamente habitable debe ser un espacio de significado. Las calles no solo conectan lugares o facilitan el movimiento: tejen la memoria colectiva. Son escenarios de identidad, donde se celebran fiestas, procesiones, carnavales, protestas o encuentros barriales. 

El acto de caminar una y otra vez por el mismo trayecto nos permite reconocer y apropiarnos del entorno: el árbol que se inclina con el viento, la grieta del pavimento, el aroma de la panadería, la vecina que pasea a su mascota cada mañana, los niños y niñas que juegan y ríen al volver del colegio. Todo ello conforma una trama de recuerdos y afectos que construyen pertenencia. Cada gesto cotidiano imprime sentido al territorio y convierte el espacio físico en lugar vivido, en escenario compartido de identidad barrial.

Objetivo: fortalecer el vínculo emocional y cultural entre las personas y su entorno, promoviendo identidad y memoria urbana.

Criterios prácticos

  • Continuidad del tránsito peatonal: permitir recorridos cotidianos que consoliden la memoria del lugar.
  • Intervenciones comunitarias: murales, mosaicos, señaléticas de historia local, arte urbano y celebraciones colectivas.
  • Huertos y microproyectos barriales: fomentar la autogestión vecinal y el cuidado compartido del entorno.
  • Participación vecinal en el diseño y mantenimiento: involucrar a la comunidad en decisiones que dejen huella y sentido de pertenencia.
  • Rescate: preservar árboles, fachadas, mobiliario o hitos que representen la historia viva del barrio.

Una calle significativa no solo se recorre: se recuerda, se habita y se cuenta.

Así, la calle deja de ser solo un conducto para transformarse en un espacio que une, acoge y significa.

En esa triple dimensión —conectiva, habitable y significativa— radica la posibilidad de reconstruir la calle como territorio de encuentro y humanidad.

4. Reconquistar la calle

La calle es la narrativa de una comunidad

De cercar a acercar, de calzada a sendero, se decide hoy el futuro de nuestros barrios.

Recuperar la calle como espacio humano es rehabitar el territorio con sentido, reconectar cuerpo, paisaje y comunidad.

El desafío urbano no es solo técnico, sino cultural y político: construir calles que inviten a detenerse, conversar, convivir y sembrar.

“Caminar no solo conecta lugares, sino que los crea.” — Michel de Certeau, 1980

El sendero es el escenario de lo cotidiano. Allí ocurren los encuentros, los recuerdos y las pequeñas revelaciones del día. La calle expresa una mirada única entre quien la transita y el espacio que habita.

El filósofo Martin Heidegger (1951) entendía el camino como parte del “mundo del habitar”: no solo un medio para ir de un punto a otro, sino una forma de estar en el paisaje, de integrarse al entorno como experiencia existencial.

Así, caminar se construye como un acto de conocimiento y de arraigo: nos enseña a mirar, a recordar y a pertenecer.

Reconocemos los lugares que nos acompañan: ese rincón donde la sombra se posa cada tarde, el sitio donde alguna vez hallamos una moneda y volvemos la mirada con esperanza de encontrar otra, el gato que parece saludarnos desde el muro, la buganvilia que abraza la reja.

En cada gesto cotidiano se teje una geografía emocional, una memoria compartida que convierte el paso en experiencia y la calle en vínculo.

El andar nos enseña a mirar, a recordar y a pertenecer. 

Por: Omar Fuentes Lillo.
Presidente Junta de Vecinos Comunidad Eduardo Canales.


Referencias

  • Certeau, M. de. (1980). La invención de lo cotidiano. México D.F.: Universidad Iberoamericana.
  • Gehl, J. (2010). Cities for People. Washington, D.C.: Island Press.
  • Heidegger, M. (1951). Construir, habitar, pensar. Darmstadt: Verlag Günther Neske.
  • Jacobs, J. (1961). The Death and Life of Great American Cities. New York: Random House.
  • Lefebvre, H. (1974). La production de l’espace. Paris: Anthropos.
  • Moreno, C. (2020). La ville du quart d’heure. Paris: Presses Universitaires de France.
  • Pérez, C., Soto, M., & CEDEUS. (2019). Infraestructura urbana y movilidad en Chile. Santiago de Chile: CEDEUS.
  • Speck, J. (2012). Walkable City: How Downtown Can Save America, One Step at a Time. New York: North Point Press.
  • Tuan, Y.-F. (1977). Space and Place: The Perspective of Experience. Minneapolis: University of Minnesota Press.


Publicar un comentario

Artículo Anterior Artículo Siguiente