
La pieza publicitaria tenía un trasfondo de burla social, porque jugaba con la ridiculización del personaje “Perico” por no tener auto, reforzando al mismo tiempo la idea aspiracional de que comprar uno era sinónimo de prestigio. Con el paso de los años, la frase quedó como parte del imaginario popular y se usa en tono de broma o ironía para referirse a la presión social de “tener auto” como un indicador de progreso o de status.
Moverse por la ciudad no es solo una cuestión de transporte:
es también una experiencia social y cultural que define la manera en que
habitamos nuestro entorno. Caminar, trotar o pedalear nos conecta directamente con
los aromas, los sonidos, la temperatura y, sobre todo, con las risas y los
diálogos de otras personas.
La calle, entendida como espacio social, puede recorrerse desde dos caminos: el comunitario, que invita al encuentro, y el individual, que aísla. En las últimas décadas, nuestras decisiones parecen haber optado por lo segundo, privilegiando el automóvil particular como protagonista de la movilidad de nuestra ciudad.