Recuerdo un viaje al norte de Chile con la intención de conocer la vida social y las oportunidades de mejora en sus comunidades. Sin embargo, lo que encontré fue una lección mucho más profunda: la calle como escenario vital.
En lugares como Pozo Almonte, La Tirana, Matilla y Pica, comprendí que el espacio público no es solo una vía de tránsito o una infraestructura funcional, sino un territorio de identidad y pertenencia.
Allí, las presentaciones escolares, las reuniones vecinales, las festividades y las asambleas no se esconden entre muros ni se restringen a recintos cerrados: suceden en la calle, bajo el cielo abierto, en diálogo con la tierra, el paisaje y los habitantes. Esa elección no es casual ni práctica: es una decisión política y cultural, una manera de habitar que reivindica la proximidad y la colectividad.
A diferencia de las ciudades más urbanizadas —donde buscamos seguridad tras rejas y muros, y donde las calles se han convertido en divisiones entre manzanas—, en estos pueblos el espacio público conserva su sentido originario: un lugar de encuentro, de expresión y de pertenencia colectiva. En ellos, la calle sigue siendo camino y comunidad, no solo circulación y frontera.
Bajo la idea de construir modernidad, nuestras ciudades se han expandido hacia la fragmentación y la pérdida del caminar como experiencia social y simbólica. Hoy, la calle se concibe principalmente como un soporte vehicular y de personas sin rostro, despojada de su identidad comunitaria y de su capacidad de encuentro.
Este artículo propone repensar qué es una calle, su riqueza cultural y su papel en la vida colectiva, para abrir una conversación sobre cómo recuperarla como espacio de encuentro, convivencia y transformación comunitaria.